La casa
Una herencia lleva a Chelsea hasta una casa que parece haber estado aguardándola.
La casa se alzaba en las afueras, como si la hubieran apartado deliberadamente de las calles donde aún quedaba vida. Alta, oscura, con el estuco desconchado y unas ventanas en las que solo se reflejaba el día gris. Chelsea detuvo el coche junto al portón oxidado y permaneció sentada durante largo rato sin apagar el motor. La llave de la puerta principal descansaba en su palma como un pedazo de metal pesado y frío.
Una herencia. Un pariente lejano del que apenas había sabido nada. El abogado había hablado con sequedad y rapidez: la casa pasa a su nombre, hay pocos documentos, no existen deudas pendientes y puede disponer de ella como mejor le parezca. Chelsea había asentido, aunque por dentro todo se le encogió. No necesitaba paredes ajenas. Solo necesitaba algún lugar, cualquiera, donde aguardar hasta que la vida volviera a parecerse a la vida.
Salió del coche. El aire olía a tierra húmeda y a madera vieja. La cancela soltó un chirrido lastimero. Un sendero de losas agrietadas conducía hasta un porche cubierto de musgo. Chelsea subió los escalones, introdujo la llave en la cerradura y la giró.
La puerta se abrió con dificultad, exhalando un largo suspiro.
En el interior olía a polvo, a encierro y a algo dulzón, casi empalagoso. Chelsea encendió la linterna del teléfono. El haz de luz reveló un pasillo ancho con papel pintado desgastado de color granate oscuro, una escalera alta que ascendía al piso superior y un reloj de pie junto a su arranque. El reloj estaba detenido. El péndulo, inmóvil.
Siguió avanzando.
Las habitaciones estaban casi vacías. En el salón había una pesada mesa redonda y dos sillones cubiertos con fundas. En el comedor, una alacena de cristales turbios. Arriba, dormitorios con camas hundidas y espejos en los que los reflejos parecían demorarse medio latido. Chelsea abrió las puertas una tras otra, como si comprobara que nadie se escondía detrás. Nadie. Solo polvo flotando en fina suspensión bajo la luz de la linterna y un silencio que le oprimía los oídos.
En el piso superior, una mesa ocupaba exactamente el centro de una habitación. Sobre ella descansaba una caja. Negra, casi cúbica, del tamaño de dos palmas. Su superficie estaba cubierta por un delicado dibujo tallado que, bajo la luz del teléfono, parecía unas veces rigurosamente geométrico y otras casi informe. Chelsea se acercó. La caja no parecía valiosa, pero tampoco una baratija corriente. Simplemente... estaba allí. Como si llevara tiempo esperando.
Chelsea extendió la mano y la tocó.
La madera estaba caliente.
No por la calefacción: la casa llevaba años sin ella. Tampoco por el sol: el día había sido nublado. Simplemente caliente, como la piel de una criatura viva que hubiese ocupado aquel lugar apenas un instante antes. Chelsea retiró los dedos de golpe, pero, tras vacilar, acabó tomando la caja con ambas manos. Su peso resultaba extrañamente agradable. Bajo las yemas, las líneas talladas parecían más profundas de lo que mostraban a simple vista.
La llevó abajo, la dejó sobre la mesa de la cocina y se quedó contemplándola hasta darse cuenta de que llevaba demasiado tiempo inmóvil frente a ella.
Al caer la tarde, Chelsea despejó uno de los dormitorios, encontró ropa de cama razonablemente limpia en un armario y se acostó sin desvestirse del todo. Colocó la caja en la mesilla y dejó encendida la lámpara de pie, con su bombilla tenue y amarillenta.
La casa gemía a través de sus viejas articulaciones de madera como algo vivo. En algún punto de sus profundidades, una tabla del suelo chasqueó. Luego otra vez. Chelsea permaneció tumbada boca arriba, escuchando. Por un momento, creyó percibir abajo, cerca de la escalera, un tictac débil, casi inaudible. Se incorporó sobre un codo y aguzó el oído.
Nada más alteró el silencio.
Volvió a recostarse. Cerró los ojos. Los abrió. La caja de la mesilla parecía estar un poco más cerca que antes. O quizá solo fuera un engaño de la luz.
Chelsea se volvió de lado, dándole la espalda, y se obligó a respirar con calma. Mañana se ocuparía de los documentos, encontraría un inquilino y se marcharía. En cuanto a la caja... podía dejarla allí. O tirarla. O...
No terminó el pensamiento.
En algún lugar del piso inferior, muy suavemente, el viejo reloj de pie dio una sola campanada.
Después volvió a guardar silencio.